14 de julio de 2017

Un cuento sobre la amistad y los besos.

Todo comenzó en una época muy turbia para el ser humano: nadie diferenciaba sus sentimientos de amistad y sentimientos amorosos. Era una época en la que tampoco se podía escuchar “Me gustas” o “Eres mi mejor amiga” (o amigo). Tampoco había nadie que se planteara la diferencia entre ambos sentimientos, las personas besaban a las personas y las personas dormían y quedaban con las personas.
Simplemente eran personas.
Pero, como antes mencioné, hubo un momento en el que algo comenzó. Una niña, sí, una niña (algo mayor para ser denominada “niña” y algo joven para ser denominada “señora”) inició un cambio.
Vivía en un pueblo muy alejado de las ciudades de grandes luces y muchedumbres chillonas. Un día de aquella semana decidió con otra chica irse de acampada (a unos pocos metros de la casa de sus padres, pero era en medio del monte al fin y al cabo). Olvidaron la tienda de campaña y durmieron mirando las estrellas.
A la mañana siguiente, la niña habló con la chica:
-Nunca jamás habría vivido este momento con otra persona que no fueras tú.
-Yo tampoco- respondió la chica.
Aquel día se besaron.
Cuando volvieron a su pueblo, a la chica se le escapó en la plaza delante de la niña:
-Me gustas mucho.
El ajetreo que montaron los habitantes no fue ni mucho menos parecido al que montaron cuando la niña le dijo aquella tarde a su vecino:
-¿Sabes? Creo que eres mi mejor amigo.
Los habitantes del pueblo y de los pueblos vecinos pusieron patas arriba su vida intentando entender la diferencia entre “Me gustas” y “Eres mi mejor amigo”.
Nadie tenía ninguna respuesta a todas las preguntas que surgían. Entonces a alguien se le ocurrió: preguntar a la chica y a la niña. Fueron todos entonces a preguntarles pero ninguna parecía tampoco tener una respuesta clara sobre el tema.
-Supongo que está dentro. -Respondió una.
-Es un sentimiento diferente. Yo no quiero besar a mi vecino -continuó la niña-. Pero sí quiero besarla a ella -señaló a la chica.
La gente siguió sin entender nada, hasta que un día, una tarde de verano, un chico besó a otra chica (no la protagonista antes mencionada, era otra, ésta era rubia). Reconoció que le gustaba y que quería besarla y que no quería besar a su amigo Sebastián porque era sólo su amigo pero ella (la rubia) era más especial.
Los habitantes se preguntaron si serían los besos los que establecían la diferencia entre amistad y “gustar”, hasta que un día un transeúnte oyó a dos hombres en un dormitorio decirse que se gustaban.
Fue toda una locura: ¿eran los besos o dormir juntos… o qué era?
La chica y la niña, el chico y la joven rubia y los dos hombres fueron los inicios de besos y noches de dormir juntos y juntas (o no dormir) que finalizaban en "Me gustas", "Te quiero", noviazgos y matrimonios (también hubo "desamores", claro). Los habitantes de los pueblos comenzaron a ir de la mano con quienes “les gustaban” y a abrazar a sus amigos, la diferenciación entre amistad y amor empezaba a quedar marcada.
Aún la gente se sigue preguntando si así comenzó realmente todo. Pero no, todo comenzó mucho antes... pero antes no se distinguían los besos de amistad y de “gustar” (aunque, cuando la gente no se quería separar de quienes besaban, se sabía que había algo diferente porque las personas reconocían que “sentían algo diferente, algo más intenso”). Nunca se conocerá el verdadero origen de toda esta locura de “gustar” y amistad, no hay por qué mentir, pero sí se puede aseverar que hay una diferencia.
Los amigos reconocieron que no querían besar ni dormir con sus amigos y las personas que “se gustaban” reconocieron que no había nada que necesitaran más que el contacto de la otra persona (incluyeron besos, abrazos, cosquillas en los brazos y cabezas apoyadas en sus tripas mientras la otra persona se dormía tranquilamente).
(Y por cierto, si algún curioso se lo pregunta, la niña y la chica fueron novias, al igual que lo fueron el chico y la joven rubia y los dos hombres.

Imaginación sin límites y pesadillas.

Esta historia no sucedió ayer, tampoco hace un año ni hace diez. A decir verdad no sé cuando sucedió exactamente. Sólo sé que los niños pe...